San Gregorio el Teólogo, arzobispo de Constantinopla
25 de enero según el calendario juliano
Las fechas siguen la tradición del calendario de este proyecto. Las parroquias que usan el nuevo calendario celebran las fiestas fijas en otras fechas civiles.
San Gregorio el Teólogo fue un gran Padre y maestro de la Iglesia, recordado por su enseñanza sobre la Santísima Trinidad y por su servicio pastoral en un tiempo de controversias.
Vida
Gregorio nació en 329 en Arianzos, cerca de Nazianzo, en Capadocia, dentro de una familia cristiana distinguida. Su padre, también llamado Gregorio, era obispo de Nazianzo; su madre, santa Nonna, había pedido a Dios un hijo y lo dedicó al Señor. Tras recibir sus primeras enseñanzas en la Sagrada Escritura, completó una amplia formación en Nazianzo, Cesarea de Capadocia, Alejandría y Atenas. Allí estudió retórica, poesía, geometría y astronomía, y se hizo especialmente estrecha su amistad con san Basilio el Grande. A su regreso fue bautizado y, aunque no lo deseaba, su padre lo ordenó sacerdote. Más adelante ayudó a su padre anciano en la atención de la Iglesia de Nazianzo.
Ministerio y contexto
La vida de Gregorio transcurrió en medio de graves discusiones sobre la fe cristiana, sobre todo la controversia arriana. Procuró afirmar a su padre en la confesión ortodoxa y reconciliarlo con su comunidad. San Basilio lo consagró obispo de Sasima, pero Gregorio permaneció en Nazianzo para asistir a su padre y a la comunidad. En 379 llegó a Constantinopla, donde los grupos heréticos eran numerosos y los ortodoxos pocos. Predicó en una pequeña iglesia llamada Anastasis, es decir, «Resurrección», y sufrió oposición violenta. En 381 fue elegido patriarca de Constantinopla, pero renunció a la sede por el bien de la paz eclesial. Pasó sus últimos años cerca de su tierra natal, defendiendo la fe ortodoxa mediante cartas y poemas; murió el 25 de enero de 389.
Por qué se le venera
La Iglesia llama a Gregorio «el Teólogo» por su confesión profunda y cuidadosa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sus cinco Discursos teológicos tienen un lugar especial por su respuesta a enseñanzas erróneas acerca del Hijo de Dios y del Espíritu Santo. El santo enseñaba que hablar de Dios exige humildad, reverencia y pureza de vida, y no solamente razonamientos humanos. Se han conservado cuarenta y cinco discursos, además de cartas y poemas. También se le venera por su mansedumbre en el sufrimiento, su firmeza en la defensa de la fe y su disposición a dejar un alto cargo para preservar la paz de la Iglesia. La tradición eclesial también concede el título de «Teólogo» a san Juan, apóstol y evangelista.
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Fuentes: Orthodox Church in America