Sí, se puede orar con palabras propias. Es natural presentar a Dios la vida real: la alegría después de un encuentro amable, la confusión ante una conversación difícil, la gratitud por un día ordinario o el dolor por algo que se ha hecho. La oración ortodoxa no exige un lenguaje elegante. No se dirige a una fuerza impersonal, al «universo» ni al propio estado de ánimo, sino al Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los cristianos confiesan que Jesucristo es verdaderamente Dios, que se hizo hombre para nuestra salvación, fue crucificado y resucitó. Por eso la oración no es una forma de controlar la realidad, sino un encuentro con Dios y una respuesta a su amor.

Las palabras personales y el libro de oraciones van juntos

Puede parecer que la oración espontánea es sincera y que la oración de un libro es formal. También puede ocurrir lo contrario: alguien teme decir algo personal y solo acepta textos impresos. Ambos contrastes son demasiado simples. El libro de oraciones ortodoxo conserva las oraciones de la Iglesia, formadas por la Escritura y el culto. Da apoyo cuando estamos cansados, distraídos o todavía no sabemos nombrar lo más importante. La oración personal lleva ante Dios las circunstancias concretas de este día. Una no elimina a la otra: se puede comenzar con una oración breve conocida y después decir con sencillez lo que sucede en el corazón.

Cristo mismo enseñó a sus discípulos el Padrenuestro. En esta paráfrasis, nos volvemos al Padre celestial; pedimos que su nombre sea honrado y que se cumpla su voluntad; pedimos lo necesario para hoy, el perdón y ayuda para no caer en la tentación. No es un hechizo ni una serie de palabras para repetir mecánicamente, sino un modelo de confianza, petición y disposición a vivir según la voluntad de Dios. Evangelio según san Mateo / Capítulo 6 / Versículos 9–13.

De qué se puede hablar con Dios

Ayuda hablar con sencillez y de manera concreta. No hace falta conseguir primero un sentimiento especial ni una concentración perfecta. Se puede nombrar lo que existe: «Tengo miedo», «Estoy enojado», «No sé qué hacer», «Gracias por la ayuda que he notado», o «Perdóname por herir a alguien». Esta honestidad no significa que todo deseo nuestro sea automáticamente bueno. La oración enseña poco a poco a distinguir el deseo del bien de la costumbre de querer controlarlo todo o de la exigencia de un resultado inmediato y cómodo.

  • Dar gracias por lo recibido y por las personas confiadas a su cuidado.
  • Pedir perdón por un pecado concreto, sin justificarse ni caer en la desesperación.
  • Pedir ayuda para uno mismo y para otros: sabiduría, paz, fuerza, protección del mal o una buena decisión.
  • Presentar a Dios lo que no se puede cambiar y pedir aprender a cumplir su voluntad.

No es un trato, una técnica ni una prueba de fe

En la oración personal puede aparecer sin que se note un trato: «Si haces esto, yo haré aquello». También puede surgir un intento de control: «Si repito las palabras correctas cierto número de veces, este hecho tiene que cambiar». Esta no es la comprensión cristiana de la oración. Dios no es un mecanismo, sino el Señor que ama; no compramos su favor con promesas ni lo dirigimos con una fórmula. Podemos pedir con valentía por asuntos terrenos: trabajo, viajes, reconciliación o la salud de un ser querido. Pero conviene mantener la disposición interior de recibir la voluntad de Dios y de actuar responsablemente allí donde nos corresponde dar un paso.

Dios escucha a la persona no porque haya compuesto una frase perfecta. Sin embargo, la oración no promete que toda petición se concederá exactamente de la manera y en el momento que esperamos. Ante una enfermedad grave, ansiedad o peligro, la oración puede acompañarse de llamar a un médico, a un profesional de salud mental, a los servicios de emergencia, a la familia o de tomar otras medidas prácticas necesarias. Pedir ayuda no es señal de poca fe. El sufrimiento no debe servir para concluir que alguien oró mal o que Dios lo ha abandonado.

Una práctica breve para la mañana y la noche

Para quien comienza, una práctica pequeña que se puede mantener suele ser mejor que una larga que pronto produce culpa y agotamiento. Por la mañana, puede hacerse la señal de la cruz, guardar un minuto de silencio, rezar el Padrenuestro desde un libro de oraciones y añadir unas frases sobre el día que empieza. Por la noche, se puede agradecer a Dios un don concreto, recordar una acción por la que se necesita pedir perdón y encomendarse a Él junto con los seres queridos. Si un día faltan las fuerzas, basta una breve vuelta hacia Dios. La constancia crece gradualmente.

  1. Deténgase un minuto y recuerde que está ante Dios, no realizando un ejercicio de mejora personal.
  2. Diga a Dios por qué da gracias hoy.
  3. Nombre una necesidad o un dolor sin exagerar ni dar órdenes a Dios.
  4. Termine pidiendo su voluntad, sabiduría y fuerza para hacer el bien más cercano.

Un ejemplo de oración personal

Aprender las palabras de la Iglesia

No es necesario leer todo un libro de oraciones de una vez. Elija una o dos oraciones breves y vuelva a ellas con lentitud suficiente para advertir su sentido. Si una expresión no se entiende, busque una explicación en una edición ortodoxa confiable o pregunte a un sacerdote de su parroquia. Con el tiempo, las palabras conocidas se abren mediante la experiencia: dan lenguaje para el arrepentimiento, la gratitud y la esperanza cuando faltan palabras propias. Las parroquias pueden aconsejar de modo diferente sobre una regla de oración en casa; la cantidad exacta no es igual para todos. Si desea establecer una práctica regular, puede ser útil hablar de un orden posible con un sacerdote que conozca la vida parroquial.

La oración personal y el culto público

En casa, el cristiano puede hablar con Dios sobre su día en lenguaje ordinario. Sin embargo, en el culto público los textos establecidos pertenecen a la oración común de la Iglesia y no deben sustituirse por añadidos personales. La Divina Liturgia y los demás oficios unen a los creyentes no alrededor de la experiencia privada de una persona, sino alrededor de la adoración a la Santísima Trinidad, el Evangelio y los sacramentos. En los sacramentos, la Iglesia proclama y recibe el don de la gracia de Dios; no son rituales privados para obtener un resultado deseado. La oración personal prepara el corazón para la vida de la Iglesia y continúa después del culto, pero no lo reemplaza.

Si no vienen palabras, no concluya que es incapaz de orar. Empiece con poco: «Señor, ayúdame a ser honesto hoy», o «Gloria a ti por este día». Después permanezca en silencio un momento. La atención se dispersará; es una dificultad humana ordinaria, no una prueba de fracaso. Vuelva con calma a dirigirse a Dios. La oración con palabras propias madura no mediante técnicas especiales, sino mediante fidelidad, arrepentimiento, participación en la vida de la Iglesia y una confianza creciente en Dios.