La palabra «perdonar» a veces puede sonar como una exigencia: como si una persona herida tuviera que dejar de sufrir de inmediato, olvidar lo ocurrido y volver a abrir su vida a quien le hizo daño. La fe ortodoxa habla del perdón de un modo más profundo y cuidadoso. Es un camino en el que la persona recibe la misericordia de Dios y aprende a no transmitir el poder destructivo del resentimiento. El camino puede ser largo. No exige fingir que el mal no ocurrió ni culpa a quien encuentra difícil soltar un dolor profundo.
El perdón comienza con la misericordia de Dios
El cristiano pide perdón ante todo porque lo necesita personalmente. En el Padrenuestro pedimos a Dios que perdone nuestros pecados y unimos esa petición con la disposición a perdonar a quienes pecan contra nosotros. No es un trato ni una manera de ganar el amor de Dios. Es la orientación de una vida que recibe el don de la misericordia. Este es el sentido que transmite el Padrenuestro: Evangelio según san Mateo / Capítulo 6 / Versículos 9–15. Dios nunca es indiferente ante la injusticia, pero su misericordia nos llama a no construir nuestra vida interior sobre la condena de otra persona.
No es un conteo, sino una nueva dirección del corazón
El apóstol Pedro pregunta a Cristo cuántas veces debe perdonar a un hermano. La respuesta del Señor, tal como la recoge el evangelista, derriba la idea de un límite fijo. No es un permiso ilimitado para que alguien siga causando daño, ni un libro de cuentas moral. Se trata de un corazón que rechaza una y otra vez alimentar la venganza. Esta es una reformulación del diálogo evangélico: Evangelio según san Mateo / Capítulo 18 / Versículos 21–22. A veces una persona solo puede decir: «Señor, todavía no consigo perdonar, pero no quiero permanecer para siempre en el odio». Esa disposición sincera ya puede ser un comienzo.
Lo que el perdón no significa
Perdonar no significa declarar bueno el mal, negar los hechos ni cancelar la responsabilidad. Lo robado puede requerir devolución, las mentiras necesitan reconocimiento y la violencia exige proteger a quienes han sufrido daño y recurrir a medidas legales. Tampoco es lo mismo perdonar que confiar. La confianza se relaciona con el tiempo, la sinceridad y un cambio de conducta constante; en ocasiones no puede restaurarse. No tiene que mantener contacto, invitar a alguien a su casa ni actuar como si la relación no hubiera cambiado. Liberarse interiormente del deseo de represalia y decidir exteriormente una distancia son asuntos distintos, aunque relacionados.
Perdón y seguridad
Es particularmente importante no convertir el llamado a perdonar en presión sobre quienes han soportado violencia, amenazas, acoso o humillación grave. Nadie está obligado a regresar a una relación peligrosa por hacer un gesto que parezca religioso. Puede ser prudente terminar el contacto, pedir ayuda a personas de confianza, acudir a los servicios correspondientes o a un profesional cualificado, y buscar protección urgente ante un peligro inmediato. La fe de la Iglesia llama a proteger la vida y la dignidad humanas. La reconciliación solo es posible donde existen seguridad, libertad y responsabilidad real; nunca debe exigirse a la persona herida.
Arrepentimiento, confesión y reconciliación
La Ortodoxia no habla solo de perdonar a otra persona, sino también de pedir perdón nosotros mismos. El arrepentimiento es un giro de la mente y de la vida hacia Dios, no solamente un sentimiento desagradable. En el Misterio, o sacramento, de la Confesión, una persona confiesa sus propios pecados a Dios en presencia de un sacerdote; la maldad de otro y haber sido víctima no son pecados que deba confesar. Si tenemos culpa, ayuda nombrar el acto claramente, sin añadir «pero tú también». Una disculpa no da derecho a exigir respuesta, encuentro ni reconciliación inmediata. Cuando sea posible y seguro, conviene reparar el daño, pero ni siquiera la restitución compra el perdón.
Por ejemplo, imagine que ha hablado con dureza a un ser querido y después se ha disculpado. Puede sentir que la conversación debería volverse cálida de inmediato. Pero la otra persona quizá siga sufriendo y no esté preparada para hablar. El paso cristiano consiste en reconocer el daño, escuchar sin discutir y mostrar el cambio mediante actos, en vez de recordarle su deber de perdonar. No diga: «Como eres creyente, tienes que olvidar». La fe no debe convertirse en una forma de eludir la responsabilidad. Quien recibe una disculpa tampoco tiene que prometer una confianza renovada: puede reconocer un esfuerzo de cambio y mantener la cautela. El perdón no anula la libertad del otro ni el tiempo que una relación puede necesitar para recuperarse.
Pequeños pasos para hoy
- Nombre ante Dios con sinceridad lo ocurrido: qué se hizo y qué dolor le causó.
- Separe el perdón del contacto inseguro: decida qué límite necesita ahora.
- Si usted tuvo la culpa, prepare una disculpa breve, sin excusas ni exigencia de que sea aceptada.
- Pida apoyo a una persona confiable; en una situación difícil, hable con un sacerdote y busque a un profesional cualificado apropiado.
Cuando quien ofendió no pide perdón
A veces quien ofendió no se arrepiente, niega lo evidente, ha muerto o no puede ser localizado. Entonces el camino del perdón no depende de recibir la explicación o la disculpa que uno anhela. La persona puede ir soltando poco a poco los diálogos imaginarios en los que juzga y castiga sin fin al otro, y confiar el juicio a Dios. Esto no borra la memoria ni prohíbe decir la verdad cuando hace falta para proteger a otros. Sin embargo, el alma puede empezar a no quedar encadenada para siempre a quien hizo daño. El proceso suele llegar en oleadas, con el regreso del dolor, y eso no significa un fracaso espiritual.
Oración y paciencia en el camino
La oración de la Iglesia sostiene el deseo de misericordia, pero no es un método mágico para cambiar sentimientos al instante ni para obtener una recompensa prometida. Se puede comenzar de forma muy sencilla. Esta es una sugerencia de oración personal original, no un texto litúrgico ni una cita de un santo: «Señor Jesucristo, Tú conoces mi dolor y mi confusión. Guárdame del mal, enséñame la verdad y ayúdame a liberarme poco a poco del odio. Ayúdame a conservar los límites que necesito y a actuar según tu amor». Si hoy solo puede leer estas palabras sin sentir algo intenso, también puede ser una oración sincera.
